Citas y selecciones

Galileo | Ernesto Sabato

Ernesto Sabato

Ernesto Sabato

“Galileo fue escasamente lo que se llama una persona bien educada. Ya antes de ser profesor en la Universidad de Pisa era famoso por sus bromas contra la escuela aristotélica; cuando comenzó a enseñar en la facultad declaró que las teorías de Aristóteles no eran dignas del menor respeto; escribió un libro en que Uno y el universoridiculizaba el afán académico por la toga; salía a beber con sus alumnos; componía versos de amor; armaba pendencia con los colegas peripatéticos y se divertía en refutar sus teoría arrojando piedras desde lo alto de la torre inclinada. En pocas palabras: usó los métodos más eficaces para lograr mala fama en los círculos filosóficamente decentes de la ciudad de Pisa.

Sin duda, la historia es hecha por los hombres, sobre todo por los grandes, por los genios y héroes; pero la hacen en un terreno elaborado, en medio de una atmósfera determinada por la propia historia. En la alta Edad Media se gestaron las fuerzas que irrumpieron con violencia en los siglos XIV y XV, promoviendo la industria, el comercio dentro y a través de los estados feudales, los descubrimientos marítimos y la apertura de los mercados ultramarinos, la explotación del oro y la plata, y plantearon urgentes problemas técnicos y científicos en la metrópoli. Es sintomático que buena parte de los grandes hombres de la época estuvieran preocupados por cuestiones prácticas: Leonardo es ingeniero en la corte de los Borgia; Tartaglia aplica las matemáticas a la artillería, como también su discípulo Benedetti, que pone los cimientos de la geometría analítica para estudiar el problema del tiro oblicuo; Cellini es técnico militar; Copérnico es médico, estudia la crisis monetaria de su país y planea el servicio de aguas para la villa de Frauenburg; Galileo estudia la mecánica de las máquinas simples y el tiro oblicuo; Torricelli, discípulo suyo, descubre el fenómeno de la presión atmosférica estudiando problemas de bombeo en la ciudad de Florencia.

Naturalmente, este movimiento técnico viene mezclado con preocupaciones filosóficas y aun religiosas, y muchas veces la inquietud especulativa lleva a hombres como Galileo a analizar las doctrinas aristotélicas. Pero es probable que en estos casos la investigación fuera producto de la atmósfera general de libre examen creada por los descubrimiento geográficos y la invención de la pólvora y la imprenta. Parece difícil concebir una mente desaprensiva, libre, clara como la de Galileo -este es el comienzo de “una época de mentes despejadas”, como dice Vico- en medio de la servidumbre feudal y teológica, en una sociedad más o menos estable y sin grandes preocupaciones materiales.

Cuando un banquero como Santángel resolvió dar capital a Cristobal Colón no lo hacía, seguramente, porque de pronto se le apareciese filosóficamente más apropiada la idea de una Tierra esférica, sino, porque esa idea podía resolver problemas comerciales con las Indias. Del mismo modo, un militar apremiado por los peligros de la pólvora, debía sentirse más inclinado a confiar en los cálculos de Tartaglia o Benedetti que las argucias de la escuela peripatética; en la defensa de una plaza fuerte servía más un torno que un silogismo.
Galileo se entiende en una ciudad italiana del siglo XVI, febril, activa, habitada por comerciantes escépticos y por militares interesados en resolver sus problemas de fortificación y artillería.

La fama y la persecución fueron debidas a las investigaciones experimentales en astronomía; pero su obra genial es la fundación de la dinámica y, sobre todo, la aplicación sistemática del método científico, que nace con sus trabajos.
Mucho tiempo antes de hacerse cargo de la cátedra, siendo un muchacho de unos veinte años, Galileo era un pésimo estudiante de medicina porque vivía preocupado con las ideas aristotélicas sobre la caída de los cuerpos. Conocía las críticas de Lucrecio, Leonardo y Tartaglia, que hacían pensar en la falsedad de aquellas doctrinas. Aristóteles sostenía que un cuerpo pesado debe caer con mayor rapidez que uno liviano. Galileo afirmó que tal idea era incorrecta; pero en vez de argüir, como era propio de filósofos, comunicó que resolvería la cuestión arrojando dos pesas desde lo alto de la torre inclinada. Los profesores se abstuvieron de concurrir al desagradable espectáculo considerando indigno que se discutiera a Aristóteles haciendo caer cuerpos, cualesquiera fueran sus pesos. Delante de algunos amigos y discípulos, Galileo arrojó simultáneamente dos cuerpos, uno de 1 libra y otro de 10, comprobando todos que tocaban el suelo en el mismo instante.

Desde este momento dedicó sus esfuerzos a fundar la ciencia de la dinámica y a combatir las ideas del filósofo de Estagira sobre el mundo físico. Sus investigaciones abarcaron toda la mecánica, pero su obra magna es el establecimiento del principio de inercia. Leonardo y Benedetti habían tenido la intuición del principio, pero en la época de Galileo seguía dominando la idea equivocada de que ningún movimiento puede mantenerse sin la acción de una fuerza permanente: la observación cotidiana de que un carro se detiene tan pronto como deja de actuar la fuerza del caballo conducía a la conclusión de que los cuerpos no se mueven sin una fuerza constante que actúe sobre ellos.
Para los escolásticos, la mecánica era una especie de capítulo de la metafísica: se hablaba de substancias, de movimientos naturales y violentos, de esencias y entelequias. Todo este aparato era puesto en funcionamiento mediante la máquina silogística que, cuidadosamente revisada y aceitada por los técnicos, producía verdades en forma industrial.

Arquímedes de Siracusa había resuelto el problema de la corona del rey Hierón no por puro razonamiento -como propiciaba el gran estilo- sino mediante pesadas y razonamientos. Galileo, que había ya reflexionado largamente, resolvió someter a la prueba experimental la ley de la fuerza permanente. Experimentando con bolitas esféricas que arrojaba sobre una superficie horizontal, verificó que el movimiento perduraba tanto más cuanto menor era el roce. Imaginó entonces que en una superficie infinitamente lisa el movimiento debería de proseguir sin necesidad de otro impulso que el inicial.

Esta concepción resultó extravagante para los peripatéticos, que no podían imaginar cómo un planeta podría mantener su movimiento sin el primer motor fijo o alguna artimaña por el estilo. La premonición platónica de que los globos celestes se movían indefinidamente una vez puestos en movimiento (Cf. Timeo) fue confirmada por Galileo, no por argumentaciones o por valoraciones éticas o estéticas, sino arrojando con modestia una bolita sobre una superficie plana y horizontal.

El principio de inercia fue anunciado por Galileo para movimientos horizontales. Su alumno Baliani escribió respetuosamente una carta al maestro haciéndole notar que no había razón para restringirlo a ese tipo de movimientos. Pero el maestro no aceptó la sugestión del muchacho, porque hasta en los genios es más difícil combatir los prejuicios propios que los ajenos”.

Ernesto Sabato
“Galileo”, Uno y el Universo

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