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Doctrinas y palabras – Herman Hesse – Siddhartha

Hermann Hesse

Hermann Hesse

«Govinda dijo entonces: -¡Oh Siddhartha!, me parece que la chanza sigue gustándote. Que no hayas seguido maestro alguno, lo creo y lo sé. ¿Pero no has hallado, no diré una doctrina, sino ciertas ideas, ciertos conocimientos, que te pertenezcan cabalmente y con arreglo a los cuales orientas tu vida? Si te fuera posible hablarme de estas cosas, harías mi felicidad.

Siddhartha-Sí. A veces vinieron a mí, pensamientos, conocimientos. Por una hora o un día, los efectos del saber agitáronse en mi alma como la vida en el corazón. Ciertamente se trataba de ideas, mas harto difícil me sería comunicártelas. Escucha, mi buen Govinda, uno de los pensamientos míos: la sabiduría no se transmite. La ciencia que el sabio intenta comunicar suena siempre a locura.

-¿Quieres reírte de mí? –preguntó Govinda.

-De ningún modo. Te digo lo que hallé. Puede comunicarse el saber, pero no la sabiduría. Cabe encontrarla, vivirla, hacer de ella un sendero; es posible, merced a ella, realizar milagros, pero en punto a decirla y a enseñarla, ¡no, esto no se puede! Cuanto te digo ahora lo sospechaba ya de joven, y, fue lo que me hizo huir de los maestros. Escucha, Govinda, otro pensamiento que acaso tomes tú por broma o locura, pero que en verdad está por encima de todos los pensamientos que tuve jamás. Helo aquí: lo contrario de cada verdad es tan verdadero como la verdad misma. Te lo explicaré: una verdad, cuando es unilateral, sólo puede expresarse con palabras que la encubren.Y unilateral es todo lo que puede pensarse y traducirse en palabras; sólo es mitad o parte, carece de Totalidad, de Unidad. Cuando el sublime Gotama hablaba del mundo en su enseñanza, veíase obligado a dividirlo en Sansara y en Nirvana, en errores y en verdades, en sufrimiento y en liberación. Imposible de distinta manera; representa el único camino a seguir por el maestro que enseña. Pero el mundo en sí mismo, lo que existe en nosotros y afuera, jamás es unilateral. Nunca un ser humano o una acción es plenamente Sansara o Nirvana, así como tampoco un hombre nunca es cabalmente un santo o un pecador. Harto fácilmente nos equivocamos, pues por naturaleza propendemos a creer que el tiempo es una cosa real. ¡Oh Govinda, el tiempo no es una realidad, muchas y muchas veces lo he sentido! Y si el tiempo no existe, el instante que parece mediar entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la felicidad, entre el bien y el mal, no es más que una ilusión.

-¿Cómo? –preguntó Govinda con voz honda de ansiedad.

-¡Presta atención, mi buen amigo, escúchame bien! Yo soy un pecador, tú también lo eres, y ambos seguiremos siéndolo. Pero vendrá un día en que seremos Brahma, en que alcanzaremos el Nirvana, en que seremos Buda. ¡Mas ten cuidado!, este “un día” es una ilusión, una manera de hablar. El pecador no se encamina hacia el estado de Buda, no evoluciona, pero nuestro espíritu es incapaz de presentarse las cosas de otro modo. No, el Buda del futuro existe en el presente, está en el pecador, y en éste debes venerar ya, y en ti, al Buda en devenir, al Buda todavía oculto. El mundo, Govinda, no es una cosa imperfecta o en vías de lento perfeccionamiento; ¡no, es perfecto en cualquier momento! El pecado entraña su perdón, dentro del niño alienta el anciano, cada recién nacido lleva en sí la muerte, cada mortal la vida eterna. A ningún ser humano le es dado penetrar hasta qué punto su prójimo ha triunfado en la ruta que sigue: Buda espera en el ladrón y en el jugador de dados, y en Brahma espera el ladrón. Por la meditación profunda puede el hombre evadirse del tiempo, considerar como simultáneo todo lo que ha sido, lo que es y lo que será en el futuro, y como todo es perfecto, todo es Brahma. Y por ello digo que lo que es, está bien; y todo me es igual: la muerte o la vida, el pecado o la santidad, la prudencia o la locura. Todo debe ser así; únicamente me cabe aceptarlo, quererlo, comprenderlo con amor. Hube de pecar de lujuria, de concupiscencia y de vanidad; sólo después de vivir en la más vergonzosa de las desesperaciones pude frenar mis afanes y mis pasiones; tremendo dolor costóme amar el mundo verdadero, no confundirlo con aquel mundo imaginario deseado por mí ni con el género de perfección que mi espíritu se representaba. Aprendí a tomarlo tal cual es, a amarlo y a ser parte de él. ¡Estos, oh Govinda, son algunos de mis pensamientos!.

Siddhartha se inclinó, recogió una piedra y sopesándola con la mano dijo: -Con el tiempo, esta piedra será tierra, y de esta tierra nacerá una planta, un animal o un ser humano. ¡Y bien! Antaño simplemente hubiera hablado así: esta piedra es sólo una piedra, una cosa sin valor, pertenece al mundo de Maya, pero como en la rueda de las transmutaciones puede llegar a convertirse en un ser humano, en un espíritu, he de reconocer su valor. Posiblemente en otros tiempos hubiera pensado de este modo. Pero hoy diré: esta piedra es una piedra, es también Dios, y es también Buda; no porque un día pueda trocarse en esto o aquello la venero y la amo, sino porque todo lo es ya, desde hace mucho tiempo, desde siempre, y la amo precisamente porque es piedra, y porque como piedra se presenta hoy ante mí. Sus hendiduras y sus agujeros, su color amarillo y gris, su dureza, el sonido que deja escapar cuando la golpeo, la sequedad o la humedad de su superficie, todas estas cosas poseen valor y sentido a mis ojos. Piedra hay que son al tacto como aceite o jabón, otras como hojas, otras como arena; y cada una tiene su peculiaridad y dice el Om a su manera, cada una es Brahma siendo a la par una piedra; y justamente por ello me gustan y me parecen maravillosas y dignas de ser adoradas.

Mas ya he hablado bastante. Mal sirven las palabras el sentido misterioso de las cosas; siempre deforman más o menos lo que se dice, y a menudo se desliza en el discurso un dejo de falsedad o de locura. Pero asimismo esto lo encuentro muy bien y de ningún modo me disgusta. De buena gana consiento en que la Sabiduría de un hombre tenga cierto aire de locura a los ojos de algunos de sus prójimos.

Govinda escuchaba callado.

-¿Por qué, -preguntó con voz vacilante unos momentos después-, por qué me has hablado así de la piedra?

-Por cierto que fue sin intención, y acaso porque me siento unido a ellas, a este río, a estas cosas que vemos y que todas tienen algo que enseñarnos. Sí, Govinda, soy capaz de amar una piedra, un árbol y hasta un pedazo de corteza. ¡Son cosas, y por tanto cabe amarlas! Pero algo hay que me siento incapaz de amar: las palabras. He aquí por qué no hago caso de las doctrinas. Carecen de dureza, de blancura, de color, de perfume, de gusto; sólo una cosa tienen: palabras. Tal vez por ello tú nunca alcances la paz. Oh, Govinda, tú te pierdes en el laberinto de las frases, pues sabe, amigo mío, que sólo son palabras todo aquello que llamamos Liberación y Virtud, Sansara y Nirvana. No existe el Nirvana, únicamente existe la palabra “Nirvana”».

Herman Hesse
Siddhartha

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