Las convicciones que plasman nuestra vida – Robertson Davies – La memoria de la sangre

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La memoria de la sangre

Robertson Davies
Robertson Davies

“¿Tal vez la tía creía que ella misma era uno de esos custodios y servidores designados por la Divinidad? ¡Dios no permitiera que ella fuese culpable de semejante orgullo! Pero bajo lo que la mente está dispuesta a reconocer, se encuentran las convicciones que plasman nuestra vida”.

 

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La memoria de la sangre

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2 COMENTARIOS

  1. Me gustaría tener un poquito más de contexto para esta cita, si es que existe. Como para tener una mejor idea de quién es la tía (y si es una traducción española, si se refiere simplemente a una mujer), o qué sentido le daba a la idea de custodio o servidor. Todo para redondear esa última oración.

    • Con todo gusto.
      Lo que en realidad me motivó en su momento a consignarla fue el fragmento “[…] bajo lo que la mente está dispuesta a reconocer, se encuentran las convicciones que plasman nuestra vida”. Al compartirla, sin embargo, me pareció que las oraciones precedentes podían brindar a otras personas mayor sentido, o significados más profundos; pero puede que también hayan agregado nuevas incertidumbres, así que viene bien la consulta.
      La tía es, efectivamente, una tía, que al mismo tiempo que decide por otros denomina esas intervenciones unilaterales “ayudar siempre que podía, sin interferir”. Muy gracioso. Sus conductas pisaban sus mentadas convicciones, y por eso el fragmento que da el sentido completo es así:

      “Aunque activa, la mente de la tía nunca derivaba hacia la introspección o la dilucidación de relaciones significativas. Si lo hubiese hecho, podría haberse preguntado por qué una de sus plegarias vespertinas le parecía tan especialmente grata.

      ‘Dios, que dispusiste los servicios de los ángeles y los hombres en un orden maravilloso, sea tu voluntad que nuestra vida sobre la tierra pueda estar protegida por los que siempre se muestran dispuestos a servirte en el cielo… Dios, que en tu providencia trascendente te complaciste en enviar a tus santos ángeles para vigilarnos, concédenos la protección de esos ángeles para que nos regocijemos en su compañía por toda la eternidad’.

      ¿Tal vez la tía creía que ella misma era uno de esos custodios y servidores designados por la Divinidad? ¡Dios no permitiera que ella fuese culpable de semejante orgullo! Pero bajo lo que la mente está dispuesta a reconocer, se encuentran las convicciones que plasman nuestra vida”.

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