Ficción

Egoísmo y susceptibilidad

De Diario sin fechas

Egoísmo y susceptibilidad: redactado en diario manuscrito en cuaderno universitario anillado

Diario sin fechas

Estábamos en el club.

Como siempre, el grupo de Laura salió de los vestuarios lejanos y el mío de los cercanos. Como siempre, cada grupo se detuvo a unos metros del otro formando un círculo imperfecto, hablando y haciendo las últimas bromas. Como siempre, esperé a que sus compañeras comenzaran a moverse un poco, intercambiando saludos, para luego acercarme a ella e irnos.

Sin embargo, algo fue diferente: mientras prestaba atención a mi interlocutor noté que Laura se desprendía del grupo, todavía inmóvil. La percibía borrosa, acercándose con paso vivo. ¿Qué habría pasado? Una remota y poco definida sensación comenzó a formarse en mí, pero no tuve tiempo para hipótesis. Con una sonrisa nos saludó a todos, me dio un beso y luego me dijo en voz más baja mientras me separaba un poco del círculo:

– Las chicas van a tomar algo porque ayer cumplió años Susana.

Recordando el hecho, es sorprendente la cantidad de cosas que pueden ocurrir durante un ínfimo lapso en un ser humano (al menos siempre me sorprende cuántas me pueden ocurrir).

La remota sensación fue creciendo un poco. La sentía definiéndose en mi vientre.

Bajé levemente la cabeza y, retirando la mirada, la dirigí hacia diversos puntos de Laura al tiempo que analizaba la oración: involucraba a las chicas y al cumpleaños de Susana. Se iban a tomar algo con Susana; por Susana. Ellas se iban; Laura no estaba comprendida en la oración. Sin embargo aquí estaba, comunicándome ese hecho que no la incluía. Absurdo. Evidentemente la incluía. No, evidentemente no. Mi interpretación la incluía, el significado de la situación obligaba a incluirla pero algo en mí no quería hacerlo; la sensación tenía que ver con esto. Se movía un poco por mis intestinos.

Rápidamente opté por mantener la neutralidad, por asirme a la imprecisión de sus palabras; opté por desechar su verdadero significado conservando la forma.

Todo este proceso ocurrió en realidad en ese instante. Con voz deliberadamente inexpresiva respondí:

– Ahá.

Sin mover la cabeza continué dirigiendo la mirada a distintos lugares, esperando.

En ese momento puede que Laura se preguntara fugazmente si se me habría escapado el sobreentendido o si lo habría ignorado deliberadamente.

– ¿No hay problema? –dijo con una mueca sonriente y dulce.

No noté en su expresión ni en su tono nada que indicara una de las dos opciones.

Sentí la sensación agitarse a la altura del ombligo.

Miré el grupo que la esperaba, al tiempo que pensé “¿Por qué va a haber problema en que ellas vayan?”. Pero era claro que se trataba de una pregunta que nuevamente sobreentendía -e invitaba a sobreentender- la inclusión de Laura. ¿No habría problema en que ella también fuera?

La sensación subió un poco y se instaló en el estómago.

No, no había problema. Salvo por el hecho de que, como cada viernes, íbamos a ir luego del club a cenar a solas. Salvo por el hecho de que quería estar con ella. Pero no podía oponerme abiertamente a su deseo.

La sensación se intensificó un poco.

¿Por qué no dejar, simplemente, que fuera? Al otro día nos veríamos. No era para tanto. Entonces respondí:

– No…

En el último instante, sin embargo, no pude evitar apagar un poco la palabra. Sólo un poco. Lo suficiente para que ya no fuera una respuesta perfectamente franca, resuelta, invariable.

– ¿Seguro?

Laura mantenía esa sonrisa apretada y dulce de cuando sabe que está cometiendo una pequeña falta o traición (o de cuando sabe que yo pienso que las está cometiendo), pero ahora un poco debilitada. Había descifrado correctamente la leve renuencia de mi voz, pero sin asignarle un peso tal que la llevara a interpretarla como una negativa. Por el contrario, fue luego evidente que consideró -o que, tal vez, prefirió considerar- más relevante el porcentaje afirmativo que le permitía llevar adelante su intención de irse. Pero aun siendo así tampoco podía tomar mi respuesta literalmente, besarme y partir, disimulando mi resistencia; podía exponerse también ella a un sufrimiento, a una posible discusión, quizás a la imposibilidad de disfrutar plenamente de su salida. Por ello formuló precisamente esa pregunta aunque casi todo el proceso, supongo, fuera para ella inadvertido.

Podía ser mi última oportunidad de responder en forma convincente.

La sensación estomacal se vinculó con ese conocimiento y descendió un poco.

Seguramente el descenso permitió engendrar en mí rápidas imágenes felices de nosotros al día siguiente; también imágenes de Laura alegre esa misma noche, dentro de un rato, en la cual sentiría gratitud hacia mí por haberle permitido ir sin disputas; imágenes de mí mismo luego, sintiéndome bien por la acción realizada, por mi generosidad. Era un remolino vertiginoso en el que una imagen se disolvía para dejar nacer otra que se fijaba un instante y se diluía al siguiente, pero mostrando al final a Laura cenando conmigo, recordando de pronto los días anteriores cuando acordamos ir a cenar el viernes a un lugar nuevo, sintiendo repentinamente que la sensación comenzaba a atravesar las imágenes, percibiéndola ascender, superar el estómago y viajar por el pecho.

Sabía que mi respuesta a su pregunta sería probablemente “Sí, seguro”, pues la escuchaba retumbar dentro de mí con distintas modulaciones y mayor fuerza que una negativa. Garganta arriba, en mi cabeza se pronunciaba con sinceridad, inocentemente, y se sugería que mis gestos fueran coherentes al decirla, que la acompañaran reforzando su significado literal. De la garganta para abajo, en cambio, la frase carecía del entusiasmo o del énfasis necesario para convencer, y la sensación instaba a que cuando fuese emitida los gestos no la apoyaran.

En un instante las fuerzas superiores descendieron y las inferiores ascendieron, chocando en la garganta. La lucha sería en la garganta. La lucha sería por la garganta. El vencedor la usaría para decir “Sí, seguro” a su manera, utilizando los gestos para su propio beneficio.

La presión aumentaba en mi cuello mientras las imágenes seguían pisándose unas a otras. De pronto me escuché diciendo:

– Sí, seguro -con una voz que me pareció sincera.

Observé a Laura.

Esperé una sonrisa, un beso y palabras cariñosas; pero se demoraba demasiado.

Esos instantes de silencio -ahora lo comprendo- denunciaban que la sensación que presionaba por la negativa, aunque había perdido la batalla de la garganta, logró impedir al menos la coherencia de mis gestos. Indudablemente Laura había observado la discrepancia y entendido su significado.

De todos modos mi ratificación la habilitaba -ahora sí- a considerar sólo mis palabras, saludarme e irse. Sin embargo, probablemente guiada por su sensibilidad o simplemente por precaución, dijo con una mueca:

– Mirá que si querés les digo que no voy…

Sentí entonces que la sensación -que luego de la batalla se había replegado hasta el estómago- volvió a subir velozmente al pecho, siguió hasta tomar la garganta, y haciendo retroceder a las fuerzas superiores llegó incluso a invadir parte de mi cabeza. Endureciendo mis gestos me hizo decir con dureza:

– Te dije que no hay problema.

Analizando luego la conversación, no entendí por qué yo no había aceptado que la noche volviera a ser la planeada diciéndole que, efectivamente, prefería que no fuera con sus amigas. Pero aun más tarde y ya más tranquilo me fue evidente que el egoísmo se había apoderado de mí desde el principio. Siendo él quien deseaba evitar pasar la noche solo, siendo él quien engendró esa sensación que era como su tentáculo, ¿por qué rechazó la posibilidad de vencer aceptando simplemente la renuncia que Laura proponía? Hubiera bastado con que le dijera que sí, que quería que se quedara. Sin embargo, ¿por qué la molestia arrasó de pronto con todo? No podía comprenderlo…

Ahora puedo: el egoísmo no la rechazó (aun durante ese análisis posterior sentía su deseo presente, sintiendo la presión del egoísmo queriendo estar con Laura). Fue dominado por otra fuerza que había ido creciendo paralelamente, colaborando con el fortalecimiento de la sensación como un nutriente: mi susceptibilidad. Cuando la sensación irrumpió en la cabeza se encontró con un pensamiento que había nacido al principio, en el instante en que comprendí que Laura quería irse, un pensamiento que detrás de mi deseo egoísta de estar con ella susurraba casi inaudiblemente:

“Ella prefiere estar con sus amigas”

Ella es la que prefiere irse”

“Ella prefiere”

Prefiere

La oferta que Laura hizo podía satisfacer mi egoísmo, pero no mi susceptibilidad.

El egoísmo había originado mi sufrimiento porque saliendo Laura con sus amigas yo perdería el placer de estar con ella, pero poco después la susceptibilidad fue tomando el mando desde las sombras, haciéndome sufrir por el hecho de que Laura prefiriera estar con ellas a estar conmigo.

Me es evidente ahora (ahora… ¿siempre será tarde?) que su propuesta de cancelación no podía mitigar ya ese sufrimiento: necesitaba que desde el principio Laura prefiriera estar conmigo; no como consecuencia de mi molestia (de mi presión). El egoísmo habría disfrutado que yo aceptara, pues a él no le importan las circunstancias, las razones, los motivos que lleven a su satisfacción. Es una bestia elemental, una criatura que debe alimentarse como sea para llenar su vacío, para satisfacer sus carencias. La susceptibilidad es una alimaña más refinada. A ella le interesan precisamente las circunstancias, las razones, los motivos. No podía contentarse con que Laura permaneciera conmigo pues sabía que en realidad preferiría estar en otro lugar.

– Está bien… -dijo turbada ante la aspereza de mi respuesta-. Entonces nos vemos mañana… Chau…

Volví hace un rato del club.

Ahora me arrepiento de haberla besado con frialdad, pero en ese momento parecía no tener alternativa. Incluso cualquier intento cariñoso de Laura hubiera sido aprovechado por la susceptibilidad para interceptar la inclinación a corresponderla, intentando dañarla con mi indiferencia. Fue mejor así, pero esta certeza no impide que me sienta mal, que cavile sobre cómo habrá quedado, qué pensará de mí.

Cuando mañana nos veamos, probablemente será como si nada hubiera ocurrido. Le preguntaré cómo le fue, me responderá sin entrar en detalles, recuperaremos nuestro trato afectuoso habitual y estaremos bien.

¿Bien?

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