Citas y selecciones

Pero de golpe se apagó su mirada – Jean Paul Sartre – La náusea

Jean Paul Sartre

Jean Paul Sartre

“Pero de golpe se apagó su mirada; el cuadro se empañó. ¿Qué quedaba? Ojos ciegos, la boca delgada como una serpiente, y mejillas. Mejillas pálidas y redondas, de niño; se La náuseadesplegaban en la tela. Los empleados de la S.A.B. nunca las habían sospechado; no se demoraban demasiado en el despacho de Parrotin. Al entrar encontraban esa terrible mirada como un muro. Detrás, estaban a cubierto las mejillas, blancas y blandas. ¿Al cabo de cuántos años las había notado su mujer? ¿Dos? ¿Cinco?

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Yo sabía por Wakefield que el Maestro – Jean Paul Sartre – La náusea

Jean Paul Sartre

Jean Paul Sartre

«[…] yo sabía por Wakefield que el Maestro gustaba, como él mismo decía, de “alumbrar las almas”. Como se mantenía joven, le agradaba rodearse de juventud; recibía con frecuencia a los jóvenes de buena familia que se destinaban a la medicina. Wakefield había estado varias La náuseaveces a almorzar con él. Después de la comida pasaban al salón de fumar. El Jefe trataba como si fueran hombres a esos estudiantes que no estaban aún muy lejos del primer cigarrillo; les  ofrecía cigarros. Se tendía en un diván y hablaba largamente, con los ojos entornados, rodeado por la multitud ávida de sus discípulos. Evocaba recuerdos, contaba anécdotas, deduciendo moralejas picantes y profundas.

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Profesionales de la experiencia | Jean Paul Sartre – La náusea

Jean Paul Sartre

Jean Paul Sartre

“¿Profesionales de la experiencia? Han arrastrado su vida en el embotamiento y la soñera, se han casado precipitadamente, por impaciencia, y han tenido hijos al azar. Han visto a los demás hombres en los cafés, en las bodas, en los entierros. De vez en cuando, presos de un remolino, se han debatido sin comprender qué les sucedía. Todo lo que pasaba a su alrededor empezó y concluyó fuera de su vista; largas formas oscuras, acontecimientos que La náuseavenían de lejos los rozaron rápidamente, y cuando quisieron mirar, todo había terminado ya. Y a los cuarenta años bautizan sus pequeñas obstinaciones y algunos proverbios con el nombre de experiencia; comienzan a actuar como distribuidores automáticos: dos céntimos en la hendedura de la izquierda y salen anécdotas envueltas en papel plateado; dos céntimos en la hendedura de la derecha y se obtienen preciosos consejos que se pegan a los dientes como caramelos blandos. […]

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No hay que tocar a los ídolos | Gustave Flaubert – Madame Bovary

Madame Bovary

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert

“No hay que tocar a los ídolos, porque el polvillo dorado se queda entre las manos”.

Gustave Flaubert
Madame Bovary