
«[…] existe un fuerte condicionamiento por el cual los jóvenes no reciben el mismo respeto intrínseco que los adultos. Cualesquiera fueren los lugares de encuentro, la actitud se modifica según se le hable a un ser considerado “menor” o “mayor”. Durante mi infancia, viví con dolor esta diferencia en la atención, y he quedado muy sensible a esa disparidad en la forma de considerar al otro. Aun hoy, cuando oigo en la calle a un adulto gritarle a otro ser viviente, me es necesario con frecuencia volverme hacia él para ver si se dirige a su perro o a su hijo. En ambos casos se emplea el mismo tono, las mismas entonaciones, las mismas palabras.
Aspiro a vivir en un mundo que se haya liberado de los juegos de poder vinculados con la edad, donde los antiguos sistemas de creencias que los fundan hayan desaparecido».
